Es rubia, o lo intenta. Yo me dejó mentir, porque no me afecta mucho. Algunas de las cosas que me contó me inquietan. No estudia, por ejemplo. Dejó. Vive bastante lejos en comparación con vos, pero no empecemos a comparar mejor...
Y nada, compré. Como compro siempre. Por comprar. Por costumbre. Por hábito. Pero ya me arrepentí, como tantas otras veces. Es que, en definitiva, todos sabemos cuándo si y cuándo no... Y yo sé que no. Sé que es cosa pasajera. O esporádica a lo sumo, dada la naturaleza de la relación. Pero es un no, a fin de cuentas.
Y tiene tu mismo nombre. Se llama igual que vos. Lo cual es problemático, al menos desde hace un rato. Te escribí. Y me escribió. Mismo nombre. Pensé que era vos, respondiendo.
¿Sabes qué frustrante fue leer su apellido?
Tan decepcionante como reconocer que no era tu foto de perfil. Y no es culpa de ella.
¿Sabes donde quedó mi concepto de ella ahora? ¿Tenes idea de por dónde lo dejaste? No sabría ni como explicarte... Me hace acordar a las partidas de ajedrez con mi viejo. Yo siempre tenía la jugada maestra, la jugada ganadora, y de repente... Jaque mate. Mi jugada era un fiasco. Fue un fiasco todo el tiempo, de hecho. Pero yo no lo veía. Hasta que veía la jugada de mi viejo... Siempre mejor que la mía. Más brillante. Más compleja. Superior. SIEMPRE...
¿Cuántas con tu nombre tienen que pasar?